Mapa Web Contactar

Inicio
English (United Kingdom)Español (spanish formal Internacional)
 
Entrevista a Andrés Rossetti

 

Entrevista a Andrés Rossetti- Profesor Titular de Derecho Constitucional y de Derecho Procesal Constitucional de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina)-

“El mundo actual está lejos, muy lejos, de ser, precisamente, justo, ético y moral”

Andrés Rossetti-Usted y otros profesores de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales han visitado la UC3M para participar  en el Seminario “Desafíos actuales de los Derechos Humanos” organizado por el Instituto de Derechos Humanos Bartolomé de las Casas. ¿Qué objetivos persigue este Seminario?

-La idea del seminario es la de compartir investigaciones y preocupaciones sobre temas candentes y fundamentales vinculados con los derechos humanos en el mundo actual.
Se ha discutido sobre la universalidad de los derechos humanos, sobre las reparaciones frente a la violación de los mismos, sobre los derechos de la mujer y sobre algunas formas de discriminación de sujetos “vulnerables”.


También, sobre el derecho al desarrollo y el derecho a la paz, sobre las diferentes alternativas –en particular de los jueces- para la resolución de conflictos de personas en situaciones de pobreza y, por  último, sobre los desafíos y límites con los que se enfrentan las políticas públicas en las esferas nacionales en relación con los derechos sociales.

-¿Cuáles cree que son los principales desafíos actuales de los derechos humanos en nuestros escenarios sociales?

-Los derechos humanos son –o debieran ser- instrumentos para lograr un mundo más justo, más ético y con mayor fuerza moral. Por supuesto, sabemos que el mundo actual está lejos, muy lejos, de ser, precisamente, justo, ético y moral. Los derechos humanos, o su uso, han ayudado –en muchos casos- a corregir algunos de estos aspectos en el pasado y han evolucionado favorablemente en su faz normativa.

Hoy, me parece, que sus principales desafíos se concentran en que esas normas tengan real vigencia. Y esto se vincula, además, con la urgencia, es decir, con lograr que las más fuertes y aberrantes violaciones cesen.

Por ejemplo, es fundamental; eliminar la pobreza y la indigencia, las desigualdades y las discriminaciones, en general, y contra la mujer y contra ciertos grupos minoritarios e indígenas en particular, la corrupción, la falta de asistencia sanitaria para una cantidad enorme de seres humanos, el analfabetismo, el hambre, las nuevas formas de esclavitud y la tortura…, entre muchos otros temas vinculados con los derechos humanos, que no puedo enumerar, pero cuya lista es mucho más extensa.


El problema de la inmigración es otro asunto a considerar y, aquí, el tema de los Estados y “las ciudadanías” –tal como está estructurado por el derecho internacional actual- no ayudan para reforzar el cumplimiento de los derechos humanos.


Además, hay que tener en cuenta que el derecho, en general, y los derechos humanos, en particular, son sólo instrumentos y medios para lograr estos fines, pero con (y contra) ellos se entremezclan la economía, las relaciones internacionales, la política, el poder, etc. y, por tanto, lograr estos objetivos no es, lamentablemente, nada fácil, como bien puede notarse viendo la realidad del mundo actual.

-¿Cómo describiría la situación de los derechos humanos hoy en Argentina?

-Creo que todos los males citados anteriormente, se visualizan con claridad en Argentina. El actual gobierno presidido por Cristina Fernández - con sus muchos defectos (por ejemplo, en relación con el derecho al medio ambiente donde la minería “dilaga” casi sin control creando problemas ambientales cada vez mas serios, con respecto a sus políticas –o mejor dicho, su falta de políticas- para redistribuir la riqueza, etc.)-,  ha tomado, sin embargo,  no pocas medidas positivas en relación con los derechos humanos.


Esto se nota, más aún, si se hace un “análisis comparativo” en relación a lo que han sido los gobiernos precedentes, que lo deja –en general en la materia- bien parado. Por ejemplo, se ha ampliado el número de beneficiarios de pensiones y jubilaciones y se ha vuelto a un régimen estatal; se ha establecido un subsidio para cada niño pobre con condiciones de escolaridad y vacunación; se ha favorecido que se esclarezcan los crímenes cometidos por la dictadura de Videla y compañía; se ha buscado dar una mayor  “democratización” en relación con la libertad de expresión modificando la muy cuestionable ley de medios audiovisuales, que venía desde los tiempos de la dictadura; se han recuperado algunos derechos de los trabajadores que habían sido fuertemente vapuleados; no ha habido represiones en relación con las distintas manifestaciones de protesta como sucedía en los gobiernos precedentes, etc.


A su vez, hay mayor preocupación –aunque los constitucionalistas y los medios argentinos, en su mayoría conservadores, suelen sostener lo contrario- por el respeto –al menos en el orden federal- de las reglas institucionales, siempre desde un análisis comparativo con los gobiernos precedentes.


Todos estos temas, entre otros, se relacionan directamente con los derechos humanos y, por ello, diría que estamos a una distancia considerable, muy considerable de lo ideal, pero avanzando algunos pocos pasos, por muy cortitos que sean.


-¿Y con respecto a América Latina? ¿Cuál es el panorama actual?


-Nuestro sub-continente tiene un record lamentable: es la región del mundo con mayor desigualdad (económica, “estructural”, entre otras) y con ello se profundizan, aún más, las violaciones de todos los derechos humanos y, en mayor medida, de los económicos, sociales y culturales.


Sin embargo, en el plano regional, se asiste a ciertos “aires de cambio”. Por ejemplo, lo que está sucediendo en países como Ecuador, Bolivia y Uruguay (los dos primeros acaban de reformar sus constituciones) señala que se estaría intentando profundizar en el respeto de todos los derechos humanos.


De todos modos, el “neoliberalismo” –cuyas políticas dominaron la región fundamentalmente en los 90- se encargó de empeorar la situación de los derechos y, aún, sigue oponiendo “resistencia” en todos lados. En particular, puedo señalar el ejemplo de Colombia y algunos países centroamericanos (y quizás ahora Chile que votó hace muy poco y eligió a Piñera, un político multimillonario que propone políticas de neto corte liberal), lugares donde el discurso y la realidad de los derechos parece concentrarse, principal y exclusivamente, en tan sólo algunos de los llamados derechos de “primera generación” (civiles y políticos), descuidando los otros.


Por supuesto, ahora tenemos elecciones periódicas y eso ya comporta, visto retrospectivamente, un importante avance, máxime frente a lo que fueron los años de las sangrientas y crueles dictaduras (con apoyos fuertes de muchos sectores de poder de la sociedad) que vivimos en América Latina,  especialmente durante los años 70.


- Desde su posición como profesor de Derecho Constitucional, ¿qué opina de las reformas y cambios constitucionales que se han realizado (y algunos se están discutiendo actualmente) en distintos países de América Latina?


-En primer lugar, cabe advertir que en América Latina se da, muchas veces, lo que podría llamarse el “gatopardismo”, es decir, cambiar (la norma) para que nada cambie, hacer “cambios aparentes”.


El caso de la reforma constitucional argentina de 1994, si uno lo mira desde su aspecto normativo, comportó, en algunos puntos, un avance. Por ejemplo, se estableció en el texto de la Constitución un cambio de paradigma en relación con claúsulas en materia de igualdad, pero lo paradójico es que la clase política que gobernaba y que realizó la reforma siguió gobernando, sigue, aún, gobernando y la real intención de cambio no se ha notado en absoluto, salvo medidas muy aisladas. Es más, entre 1994 y 2001 (fechas que se podrían discutir, por cierto, ya que es muy difícil trazar límites), las políticas públicas implementadas por esa misma clase política dirigente fueron contrarias al principio de igualdad y han terminado afectando a los sectores más desprotegidos y generando una mayor brecha entre ricos y pobres.


Hablar de toda América Latina es muy difícil, ya que las realidades de cada uno de los países son muy diferentes y cambiantes. Creo, de todos modos, que para combatir los males a los que me refería antes –muchos de ellos generados por las diferentes dictaduras de los años 70 y las políticas neoliberales de los 90-, lo que está pasando –constitucional y políticamente- en algunos países (cito como ejemplos nuevamente a Ecuador y especialmente a Bolivia, pero no son los únicos) parece muy interesante en relación con la vigencia de los derechos humanos para todos y no sólo para algunos. Me refiero a estos dos países porque acaban de reformar sus constituciones y lo han hecho en forma seria y dando fuerza a nuevas “ciudadanías” y participación a grupos sociales, históricamente, desprotegidos o marginados y sus gobiernos, creo, están actuando (o intentando) esos mandatos constitucionales.


México se encuentra en estos días en vías de una posible reforma de su Constitución con introducción de puntos “progresistas” y hay otros síntomas positivos, a más de hacer notar la tarea tanto de la Comisión como de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, órganos que –más allá de algunos retrocesos en ciertos temas relacionados con la cambiante composición de los mismos- guían en forma notable los carriles a seguir en la protección de los derechos humanos de parte de los Estados del continente.


-¿Cómo analiza los nuevos procesos democráticos que se están viviendo en América Latina y como afectan a la exigibilidad de los derechos humanos?


-Aunque resulte difícil de creer, los niveles de información y conocimiento del resto de la realidad latinoamericana en Argentina (pero supongo que vale para los demás países) suele ser inferior a la que se puede obtener con respecto a países “centrales” como EEUU, Francia, Inglaterra, Alemania, España o Italia. De todos modos, como ya he comentado, el panorama si bien no es bueno (ni puede serlo, vistos los índices de pobreza, desigualdad, corrupción, etc. de los que hablabamos antes y que repercuten en la vida democrática), tampoco es necesariamente malo en este aspecto. Aquí vale recurrir a la figura del vaso medio lleno o medio vacío, que depende de como se lo quiera ver. Hay cambios constitucionales y cambios en gobiernos interesantes, que parecen empezar a preocuparse –con limitaciones- por cumplir (o intentar cumplir) con todos los derechos humanos (incluídos los sociales), hay ong’s y grupos sociales activos que ejercen una presión frente a los gobiernos y que exigen el cumplimiento y respeto de sus derechos, entre otros elementos a considerar, que parecen positivos.


Por otra parte, hay una clase dirigente (política, económica, industrial, terrateniente) que no está dispuesta a perder ni uno sólo de los enormes privilegios con que cuentan y usan mecanismos económicos, informativos, educativos y otros -que controlan mayoritariamente- para defender con uñas y dientes esa situación de desigualdad y privilegio que no sólo es injusta, sino que, también, es fundamentalmente violatoria de derechos humanos.


Por tanto, si bien es para celebrar que en nuestra región hay elecciones períodicas en casi todos los países, no puede dejar de advertirse que estas “democracias”, gobernadas con fuertes dosis de “personalismos” basados en buena medida en la ingeniería constitucional con regímenes presidencialistas, son todavía muy endebles y que, como se ha podido ver recientemente en relación con el golpe de estado en Honduras, los intereses económicos, políticos y sociales son muy potentes –y quienes detentan el poder “real” cuentan con mucho poder. Por ejemplo, en Argentina, a través de los medios de comunicación en reiteradas ocasiones –usando mecanismos rayanos con lo ilícito- buscan impedir la realización de procesos de reforma y de cambio que no sólo son necesarios, sino que son también obligatorios si se tomasen los derechos humanos en serio.


En definitiva, en muchos casos los derechos terminan siendo “derechos de papel” (como los llama Guastini, sólo consagrados en la norma pero sin vigencia real)  y su “exigibilidad” no queda más que en el intento, porque hay jueces con limitaciones formales y reales, o bien completamente insensibles –como “dirigentes latinoamericanos” que son, y estoy por cierto generalizando- a problemas de derechos relacionados con seres que, en algunos casos, para ellos “no existen”, simplemente porque no cuentan, porque no pesan.
Para concluir, mientras no se cumplan con todos los derechos humanos para todos (y América Latina  todavía está muy lejos, mucho más lejos en muchos aspectos que otras regiones del planeta), cuesta mucho pensar en democracias reales, más allá de las formas. Claro, el cambio no sólo depende del derecho y de los latinoamericanos...... pero por supuesto, los primeros en desearlo y perseguirlo tenemos que ser nosotros mismos.